25/08/09

FRAGMENTO DE ALGO MÁS GRANDE

Había una vez vos, que leías a Sartre y querías ser una canción de Yann Tiersen. Había una vez que llegaste revuelta entre las voces de una noche indiferente, eras anónima pero te volviste alucinación, yo andaba por ahí, como siempre, sombra noctámbula, como queriendo camuflarme entre otras sombras. ¿El escenario? ¡Claro! ¡El escenario! : un terciopelo oscuro pringado de diamantes, una noche de estrellas fugaces, un piloto suicida, llorando saber que lágrimas, surcando el cielo hasta que se acabara el combustible.
Yo era de acero, todo de acero, me disolvía en otras cosas que no eran tu nombre, temblaba en otros astros que no eran tus ojos, pero emergiste de la tristeza y los objetos se volvieron poemas, las aguas temblaron en mí, y mi sorpresa fue escupida por mi boca como un cometa furioso, inesperado y grande. Vos eras grácil, un venado inquieto, con espejuelos inocentes ocultando dos luces de hada infernal, de mujer envuelta en humo.
Y entonces mi mirada estaba condenada.
Mirada encadenada a seguir el movimiento de tu sombra para que no advirtieras que mi naturaleza seguía el movimiento de tu carne, que no existía otra cosa en la noche que el movimiento de tus manos, la llama entre tus dedos y el cigarrillo sujeto a tus labios. Y entonces con un soplo llenaste al mundo de humo y al humo de tu aliento. Pero tu mente pulsaba a lo lejos, en las luces de la cuidad tiritando despiadadas, lejanas … pero yo voy cargado de muecas, de cejas fruncidas, de llantos que he ido recogiendo por rincones, de caras que he ido guardando en las gavetas de mi estómago, tengo un mundo hecho de mundos en abandono, un desierto de piedra, un mohoso imperio en ruinas, lleno de días y rostros atónitos, de balas perdidas con nombres propios, los portones están abiertos, espero tu entrada, siempre la espero. Pero vos lejana, autista en las cuerdas de los violines, ascendiendo al cielo y descendiendo a los infiernos con tus brazos solos, con tu risa elástica comiéndose al mundo, con tus ojos de éxtasis blanco.
Y entiendo que estoy desterrado de una tierra que nunca fue tierra. Que soy ajeno de la dulce melancolía de tus pasos dejando el índice de tus huellas, la seña de “un día caminó por aquí…” que sólo me quedan las cosas que tocaste y dejaste en llamas, que solo me queda un gris mundo de cenizas.
Ando caminando en rastrojos de melancolía, floto hoy, floto en un témpano inmisericorde, irremediable como el frío, como un amor desesperanzado por los barrancos del día. De este día, tan estático, tan mudo de vos, tan sordo de risas, llenando huecos de ausencia con lluvia, con inmisericordes fatalidades retumbando en el tambor dormido de mi pecho. Solo despojos, locas constelaciones que se inventan bailando un vals sereno en mi lucidez perturbada, como un afligido anciano en un muelle carcomido por su vista.
Había una vez vos, que leías a Sartre y querías ser una canción de Yann Tiersen. Había una vez vos goteando en mi mente y nunca me alcanzaste en un poema.

17/02/09

Eclipse:

Noticia de libros en libertad

prosa y poesía de José Adiak Montoya


Por Erick Blandón



Si hubiera justicia en el universo mundo de las letras, antes de juzgar la obra del escritor, el lector debería poner en la palestra el trabajo del editor que facilita o pone en riesgo el encuentro con el autor. Tal es mi intención, descifrar primero el enigma que nos propone Rodrigo Peñalba en la composición tipográfica de la carátula de Eclipse: José Adiak Montoya Prosa & Poesía (Managua, INC-ENITEL, 2007). El nombre del autor interpuesto entre el título y el subtítulo. ¿Acaso la alegoría de un eclipse? Hay un astro pasando por la sombra de otro como ocurre con la luna cuando la tierra se interpone entre ella y el sol. ¿La ocultación del creador a la sombra de su obra?
Se tiene entre las manos medio centenar de hojas de papel Bond cubiertas con una tapa de cartón satinado. Se va a interrogar a un artefacto. Se halla uno a merced de las conjeturas. Y éstas abren las interrogantes en la misma portada de Peñalba para convertir el acto de la lectura en un diálogo incesante entre lector y escritor. A leer vamos de la mano del diseñador que no da tregua a nuestra inteligencia y nos pone a pensar sin apenas haber abierto el libro.

Duelo en la penumbra que nos adentra a la zona de tiniebla inventada por José Adiak Montoya con su Eclipse prosa y poesía. Ruptura con la claridad de los encendidos oros atribuidos a la tradición objetivista que inaugurara la Vanguardia en Nicaragua hace casi ochenta años y que pervive aun entre las generaciones más recientes de poetas. Lleva nombre de guerreros, por Adiak y por Montoya el autor que ha dicho “!Basta ya!” a la reproducción fotográfica de la realidad cotidiana o a la anécdota informativa; y fajándose con la escritura se dio a la invención de una realidad fantástica, fantasmagórica, como si procediera de la línea subjetiva, onírica y gótica que iniciara Rubén Darío con “Boca de sombra” y otros textos suyos ambientados en atmósferas tenebrosas y de descomposición, tales como los de la novela gótica del siglo XIX. Esa es la talla de este escritor que transgrede las convenciones temáticas a fuerza de trabajar la palabra y la imaginación; y cuya genealogía, anota con verdad Eunice Shade en la contraportada, no es otra sino la de Baudelaire y Edgar Allan Poe.

En un medio como el nicaragüense, donde se ha soslayado la existencia de los discursos minoritarios y alternativos al predominio de una literatura hegemónica, la creación de José Adiak Montoya debe entenderse como gesto y gesta en contra de la ideología reaccionaria vigente que impone modelos historiográficos y criterios de periodización basada en el supuesto tautológico de una literatura nacional homogénea, continua y que trasciende a las generaciones.

El trabajo que presentamos esta noche es prueba fehaciente de tal falsedad. Es una muestra de que en Nicaragua ha habido, hay y habrán voces diferentes, que superando el chauvinismo cultural se nutren de diversas fuentes y miran hacia otros horizontes, con afán de resignificar la cultura autóctona sin dejar por ello de ser auténtica literatura nicaragüense.

Un joven del siglo veintiuno que explora el inframundo, cuyo eco nos viene a nosotros por mesoamericanos del infierno de Xibalbá, que se apropia de la herencia necrófila de la literatura occidental del siglo diecinueve para poblar sus relatos de espectros que habitan en los predios de la muerte. Un autor novel signado por la impronta postmoderna que erosiona las fronteras de los géneros literarios. ¡Y en eso, también, es fiel a la herencia modernista o dariana que irrespetó, mezcló o hibridó los géneros! Aunque el subtítulo de Eclipse Poesía & Prosa, nos alerte equívocamente de la existencia de dos entidades distintas en el contenido del libro, como si prosa y poesía fueran incompatibles o, mejor, como si los textos en prosa de José Adiak Montoya no vibraran de temblor poético o como si en los versos de los poemas suyos no hubiera una voz narrando desde distintas perspectivas.

Así que a las veces sus poemas nos parecen historias y sus relatos poemas en prosa, que se abstienen del suspenso, como si se tratara de un video clip que se resiste al estatuto del thriller. Es que los textos de Eclipse nos remiten de continuo a los géneros audiovisuales y tecnológicos propios de los medios de comunicación que marcan los géneros literarios de hoy, lo cual da al trabajo de José Adiak Montoya un rasgo insólito y singular.

Trece, número mágico si los hay, son los relatos en prosa que pueden llegar a desasosegar la más plácida lectura a causa de las situaciones grotescas, misteriosas y violentas de la sección narrativa “Los muertos piensan”; y treinta los poemas de la segunda parte, titulada “De relojes y gavetas”, conjunto éste que para mi gusto representa la mejor sección del libro, sin desdoro de la primera, en tanto que los versos revelan al artista que se ha ejercitado en su oficio engarzando, puliendo, forjando como con hierro candente las palabras y las estructuras sintácticas, sin dejar por ello de privilegiar su lenguaje llano.

Es seguro que el autor sabe que en literatura, para inventar, primero hay que saber escribir; jamás descuidar el estilete, que siempre habrá que iluminar el objeto rodeado de noche, o eclipsado. Textos tenebrosos, inquietantes por oscuros y quizás perversos, se diría que fraguados a la lumbre de don Luis de Góngora y Argote, quien proverbialmente sentenciara, “sombras suele vestir el bulto bello” como si aludiera a la materia sobre la que trabaja José Adiak Montoya.

No cese el creador de inventar ni el artesano de laborar. No se detenga en su tarea de fantasear. Que no haya tregua ni reposo en sus campos de fatiga, porque la faena comienza apenas para este escritor que hoy nos muestra su garra.


Managua 24 de julio 2008


El Nuevo Diario - Managua, Nicaragua - 26 de julio de 2008

*Erick Blandón (Matagalpa 1951) escritor y poeta, pertenece a la generción del 70, es profesor de literatura de la Universidad de Missouri, Estados Unidos. Ha publicado diversos libros.



24/08/08

Números Rojos


Estoy cansado de este sabor a sarro en cada diente y filo de mi boca, quisiera por un segundo, al menos uno, asomarme por esa ventana diminuta que me trae esta luz, salir de los días y saber que tal vez Él todavía este allí, esperando como siempre con su traje lóbrego y sus guantes de cuero negro, con sus ojos oscuros con los que me rozó la primera vez que clavó su vista en mi.

Quisiera no saber sus secretos, nunca haberme quedado prendido de su figura inquieta desde la primera vez que vi su foto importante en ya no recuerdo que periódico. Aun usaba sus lentes azules y ropa de color o ya no recuerdo si era su traje negro, su corbata o su uniforme de embajador de las legiones estelares. Y aquella tarde, lo vi caminando importante por la calle a medio desolar con sus guardianes como perros rabiosos tras de Él, como los perros que llegaban a hacer las algarabías de jauría indómita bajo la ventana amplia de mi casa de barrio, no como esta, no este pequeño cuadrado de luz agónica, en fin, caminaba con su prestancia de paso seguro.

Desde entonces seguí sus pasos por todos los rincones de su agenda, surcando el suelo de sus pisadas, hasta que mi presencia ya no era imperceptible para la jauría oscura de su séquito, hasta que me hicieron jurar fidelidad a su efigie inmortal y me volví yo un perro mas en la manada rabiosa de su comparsa, queriendo tenerlo cerca, recordando el calor inmenso de su mano de cuero apretando la mía la primera vez que me saludó. Él era Elvis, Sinatra, el hijo de Rimbaud y Verlaine, era todo eso y un poco mas.

Los días se fueron convirtiendo en maratones de horas infinitas de observar su espalda de hombre importante, de soñar despierto y ver en Él todo lo que quería ser, ocupar su lugar, caminar con pasos firmes y seguros y tener mi jauría propia de perros negros, de guardianes ágiles, de tener sus trajes de corte italiano y tener aquellos burdeles chillones de parrandas perpetuas para mi solo.

Me convertí de pronto en sombra, en una copia en negativo, en la imitación inmediata de sus actos y movimientos, siempre gravitando a la redonda de su cuerpo y su rostro popular, me convertí en el rostro anónimo del fondo de las tomas de televisión. Hice todo, aun recuerdo el olor dulzón y fétido de las costras de sangre de cadáveres numerosos de los que fui autor, pero mas que todo recuerdo su risa complaciente.

Vi demasiados números rojos, demasiadas cifras sin lugar, demasiada sangre oscura, supe demasiados nombres, escuché demasiadas risas, demasiado de todo, y por todo eso creía que me fundiría en su ropa, que caminaría sus pasos, que en su lecho agónico me daría el cetro de su poder…

Sin embargo llevo días aquí en esta oscuridad, solo, con una ventana de luz tenue en lo alto de este encierro. Tengo hambre y cada ruido de la noche me suena a una bala perdida que viene irremediablemente por mí.

Al jugar los últimos de nuestras vidas

Los cuatros ancianos se enfrascaban en diferentes y aburridos entretenimientos. Sentados uno a la par del otro formando una hilera de vejez y un gran caudal de años. Ninguno se percataba del olor a grasa añeja que despedía el que estaba a su lado ya que todos apestaban del mismo modo.
El cuarto oscuro, lleno de flores secas por falta de agua, cremas destapadas, envases vacíos de perfumes, fotos en blanco y negro que el tiempo había tornado amarillentas adornaban las paredes, la ropa última moda de hacía cincuenta años amontonada y revuelta sobre las sillas, en la mesita del centro de la sala habían frascos de medicamentos, algunos vacíos, otros llenos, otros medio llenos. El cenicero que parecía una fosa común de colillas de cigarrillos que se habían quemado entre ellas antes de extinguir su luz, una perpetua capa se polvo sobre el piso y en las gavetas estaba guardada cualquier cosita brillante que les habría llamado la atención y de la cual nunca más tendrían recuerdo.
Uno de ellos trataba de recordar sin mayores resultados para qué se había levantado hacía cinco minutos, recordaba que había abandonado la silla pero no recordaba para qué. Otro se sobaba entre sí los dedos que la artritis había convertido en nudos de árboles secos, el tercero sostenía con la mano temblorosa su dentadura postiza para verificar si había residuos de comida entre los dientes. El último dormía con la cabeza dislocada hacia la derecha y por el borde de su boca se chorreaba un hilo de saliva que caía sobre su pecho empapándole la camisa.
Allí estaban los cuatro, arrugados y elásticos, marionetas del olvido, llenos de várices dolorosas en sus piernas, cubiertos de canas los que tenían cabellos, mal olientes, temblorosos, con los ojos casi ciegos, con nada más que pasado, ahogándose entre ellos mismos. El que no recordaba para qué había dejado su asiento, la próxima vez que lo hiciera podría no regresar a él, el que se sobaba las manos podría dejar de utilizarlas en cualquier momento, el de la dentadura ya no tendría que revisar sus dientes, podría hoy o mañana ya no comer.
Entonces, una voz femenina llamó del fondo:
-¡Ya vengan a almorzar!
Los cuatro niños abandonaron entonces su juego de ser ancianos, se levantaron de las sillas con su común hiperactividad muerta y sin sonrisas. El juego de los últimos días de sus vidas había sido demasiado serio para ser sólo un juego.

Preludio habitual



Vamos saliendo ya del cuarto en llamas,
hemos dejado ya los pastilleros vacíos
como muecas moribundas de nuestras noches,
pero hoy han sido mis pasos pesando sobre tus huellas,
los gatos huérfanos de la madrugada han sido mi rostro azul en tu insomnio.


Hay una luna falsa de papel vagando en mi boca
Y rondando en sus suburbios,
Cazando tus sombras,
Arrancando tus letras y comiendo de ellas.

¿Sabrán leer estas letras?
hoy que tus dedos llenos de de ocio,
llenos de relojes mudos van repletos de arañas perezosas
tejiendo mi nombre,
que las calles vacías van lamiendo heridas viejas
con sus lenguas de asfalto,
hoy, el mas pequeño de los días, burlándose saltarín,
corriendo ciego con el filo de tus tijeras.


Mañana será el café de todos los días,
Será de nuevo el cuarto en llamas,
El frío de fotos viejas,
Yo sonriendo en las risas, afónico,
lejano, inmenso y al fin mudo,
Cargando trozos de silencio en los bolsillos.

Como cualquier puñal en la espalda




Otra vez vino tu cara a remover las horas elásticas
de la mad
rugada,
las letras de tu nombre enmarañándome los días,
las yem
as de mis dedos tragándose
tu espalda de co
ntornos impensables.


Otra vez perdido,
herido con el negro puñal de tus palabras,
con el galopar inmune de tu risa…
y tus ojos estampados en cada luna perpetua de mi tinta.


Y te vas, derrochando tu estela en mi cuerpo,
dejándome tembloroso de tus amaneceres….
Para aparecer luego envuelta en armonías,
revuelta en melodías
y me olvido de tu espalda y de tus ojos
de venado perdido…
Y mis manos sangran por tus hombros
tan lejanos y dolorosos.


Para que un día volvás y en el bar cotidiano,
en la noche inmensa,
sacudás el polvo de los meses
con un abrazo sorpresivo por la espalda,
como cualquier puñal.
Como cualquiera.

Cuenta Regresiva

Sos todas las sombras,

andás con mi nombre en tu risa,

y yo con tu risa en todos los nombres…

Sos el resplandor prendido y eterno

de estas noches pesarosas de ruidos tuyos,

de fotos de tus piernas en mis ojos fijos.

Y hace tanto que choco constante

con tu cuerpo irreal,

hace tanto, la verdad,

que comienzan a secarse mis ilusiones rastreras.

Y solo te paseas en sueños

tan imposibles como tu propia boca.

En fantasías tan elevadas como tus palabras

que hice tan mías.

Es tan inmenso este camino de piedras rotas.

¿Qué pensarás en las horas muertas de mis voces

llamándote?

¿Qué?

Estoy tan lejos de tu risa crepitando en mi boca

que el camino aun no empieza su cuenta regresiva.

ECLIPSE


*Tomado de la revista digital CARATULA, dirigida por el escritor nicargüense Sergio Ramírez.

La actual narrativa joven nicaragüense está sin lugar a dudas influenciada por el cine. Tal lo demuestra “Eclipse”, de José Adiak Montoya, quien elige algunos escenarios similares y hasta perturbadores como paralelos a un film de Stanley Kubrick. Una narrativa que conduce a salones en horarios inhóspitos. En “The Shinning”, de Kubrick, salones de hombres que beben hasta la madrugada y sin embargo, imaginarios. En algunos cuentos de Montoya también hay esa desolación.

La muerte al parecer sigue generando controversia y discusión. Pero, ¿cuál es el rostro de esta muerte en el nuevo siglo? La visión de Montoya es más evidente con la cotidianeidad del ser humano. La muerte ya no es aquello que “puso huevos en la herida a las cinco de la tarde”. Lejos de ser una metáfora lorquiana y ahondar en el lenguaje, el tema abarcado es más un reflejo de la realidad que urge sacar de los armarios.

En un país donde supuestamente se lee más narrativa y se escribe más poesía, Montoya elige los dos géneros pero sin combinarlos en el libro, sino como dos libros en uno para que el lector elija.

Temas como la bondad y crueldad humana se manifiestan en algunos cuentos. La tragedia humana todavía es notable en el registro anecdótico y diversos tipos de vidas emergen para mostrar sus historias, desde un pianista mutilado que añora la música hasta pintores destinados a volverse locos.

Este mundo de artistas se convierte obligadamente en un termómetro de cómo vive la sociedad nicaragüense, personajes de un país defraudados por la vida y aún sin encontrarse.

Igual de notable es el reconocimiento de la vida y la muerte como un juego donde los niños se plantean llegar a viejos y morir.

Eclipse, de José Adiak Montoya, un escritor frente al caos


Por Dagoberto Avendaño Rivera*

Hoy ha cabalgado la muerte sobre mis días, no sé si volverá,

Hoy ha sido un día negro. Me alisto para cualquier cosa, aunque

El sol no brille normal y el mundo no haya acabado todavía.

-JAM

La búsqueda de una identidad escritural (o estilo), para el poeta, supone un arduo esfuerzo por encontrar los elementos que, a su juicio, deben conformar su obra. En este sentido, la búsqueda, que emprende en pos de hacerse de un lenguaje propio, conlleva a altos niveles de asimilación en torno a todo lo que se mueve a su alrededor para alimentarse de ello. Así, la búsqueda y asimilación son, pues, los elementos consustanciales de los que se vale un escritor para verterlos en su obra de arte; y eclipse, opera prima, de José Adiak Montoya, es una evidencia tangible de este juicio.

Si bien, ¨los talentos más débiles idealizan las cosas, las figuras de imaginación capaz se apropian de lo que se encuentran¨ (H. Bloom, 1990). En Los Muertos Piensan, sección de cuentos del libro (y nuestro tema a tratar), puede verse, como interpreta Shade en la contraportada, como un intento por emular a grandes maestros del género; o bien, como la huella indeleble que dejaran poetas consagrados para contribuir en la formación de uno emergente.

Todo discípulo le arrebata algo a su maestro¨, sostenía Bloom, y las nomenclaturas poenianas advertidas en Adiak no son gratuitas: El tratamiento de los dramas, ambientes y situaciones sumidas en lo tenebroso, dentro de las sombras de la noche y recuerdos marchitos, junto a la nostalgia de pensamientos propios de una senectud prematura; son los condimentos de los que se vale para armar el entramado de sus cuentos.


¨En medio del desastre y del combate, inmersos en una realidad que cruje y se derrumba a lo largo de formidables grietas, los artistas se dividen en aquellos que valientemente se enfrentan al caos, haciendo una literatura que descubre la condición del hombre en el derrumbe; y los que por temor o asco, se retiran hacia sus torres de marfil o se avaden hacia mundos fantásticos¨
(E. Sabato, El escritor y sus fantasmas). Y Cada cuento es una fotografía vivificada en las llanuras desérticas del desastre, el caos cotidiano y las recónditas condiciones de la desolación humana, que ubican a Montoya entre los del primer grupo de Sabato.

Sus relatos son propios de un mundo eclipsado, donde asistimos a historias de seres desahuciados, harapientos y personas ignotas que no merecen (para el ojo envilecido) ninguna atención. Son los miserables de una urbe indiferente que se juega los últimos días de su vida en la inexistencia, en su eclipse personal.

La oscuridad evocada por Montoya, es el reflejo de la búsqueda y asimilación de lo que del exterior – su realidad circundante y lecturas –acoge, verbalizadas en cuadros donde pone de manifiesto lo sórdido de micro-cosmos que terminan engullendo a sus personajes.

Borrachos, desvalidos, ancianos próximos a su fin, niños convertidos en delincuentes son los actores que se esbozan en Eclipse para mostrarnos, no un mundo ingenuo como en el concepto burgués de la realidad, sino figuras y objetos de un territorio fantasmal, producto de las diversas realidades solitarias y angustiadas que imperan en nuestro país y más en nuestros tiempos. Y ¨el hombre de hoy, según Sabato, vive en alta presión, ante el peligro de la aniquilación, de la muerte, de la tortura y de la soledad. Es un hombre de situaciones extremas, ha llagado o está frente límites últimos de la existencia. Y la literatura que lo descubre e indaga no puede ser, pues, sino una literatura de situaciones excepcionales¨. Así veo Eclipse, una miscelánea de historias oscuras, densas en su implicación de sentido humano frente a la desdicha, la soledad y la muerte.

*Estudiante de Filología y comunicaciones

Grupo Literario EROS U.N.A.N.-Managua


Eclipse, de José Adiak Montoya


Por Eunice Shade*


Hace mucho tiempo José Adiak Montoya se apareció por mi casa, en ese entonces un microscópico apartamento en Reparto San Juan. Es la costumbre que los jóvenes nos reunamos para conversar de literatura. Ese encuentro acude a mi memoria porque mientras crecía la popularidad de Borges, Octavio Paz, Cortazar y Ernesto Sábato, entre algunos compañeros y amigos, José Adiak cargaba el libro de Las misas negras, de Louis Adams. Y recuerdo que me lo mostró con cierto brillo maligno de alegría.

Adams describe los rituales de adoración al Príncipe de las Tinieblas y esboza la tradición del mal, los roles y la jerarquía de los demonios y sus símbolos, las misas negras célebres de la historia, incluyendo la de Madame de Montespan, la favorita del Rey Luis XIV, se dice que Montespan para no perder sus privilegios en la corte acudió a la bruja más poderosa de la época conocida como la Voisin, quien le aconsejó la celebración de una serie de misas negras con tal de mantener al Monarca a su lado.

En esas andaba José Adiak. A eso agreguemos los siete o nueve gatos que viven en su casa. No me sorprendería que tuviera las obras completas de Lovecraft y una versión no autorizada del Necronomicón. Aunque esto no quiere decir que seguirá esta tendencia, es posible que su próximo libro sea el polo opuesto del primero. No hace mucho lo vi con El obsceno pájaro de la noche bajo el brazo.

Eclipse es un libro que mezcla agudamente las diversas influencias, en especial oscuras, existenciales y psicológicas. Es así que encuentro en esta ópera prima de José Adiak Montoya, interpretados y pasados por el tamiz del estilo y la preocupación propia, a Charles Baudelaire y Edgar Allan Poe, ambos los mejores en poesía y cuento respectivamente de este género con inclinaciones a lo tenebroso, si me permiten el atrevimiento. Baste recordar Las flores del mal entre otras provocaciones padecidas de Baudelaire o las Narraciones Extraordinarias de Poe en donde destaca ese poder sobrenatural y siniestro en cada uno de nosotros y que guiados bajo esa sombra seríamos capaces de torturas y abominaciones en detrimento de la vida.

El infierno de José Adiak en Eclipse no es de fuego, es acaso de oscuridad, se trata de un escritor cruzando las aguas negras de su interioridad en esa barca que oscila entre olas de vida y muerte. Es pues el infierno religioso de buscarse a sí mismo. Son los pinceles de José Adiak retratando los colores de la tristeza, los soles del dolor, los fantasmas de la vigilia y el sueño, una mezcla perversa entre placer y dolor, un masoquismo lírico y el frío de un tiempo que nos consume, un Eclipse perverso como velo de la vida y detrás de ese velo la angustia de ser o existir en este cuadrante de misterios y dudas, obsesiones, impotencia, furia y lágrimas.

*Eunice Shade, escritora, poeta y periodista. Es una de las principales voces de la literatura emergente en Nicaragua