Los cuatros ancianos se enfrascaban en diferentes y aburridos entretenimientos. Sentados uno a la par del otro formando una hilera de vejez y un gran caudal de años. Ninguno se percataba del olor a grasa añeja que despedía el que estaba a su lado ya que todos apestaban del mismo modo.
El cuarto oscuro, lleno de flores secas por falta de agua, cremas destapadas, envases vacíos de perfumes, fotos en blanco y negro que el tiempo había tornado amarillentas adornaban las paredes, la ropa última moda de hacía cincuenta años amontonada y revuelta sobre las sillas, en la mesita del centro de la sala habían frascos de medicamentos, algunos vacíos, otros llenos, otros medio llenos. El cenicero que parecía una fosa común de colillas de cigarrillos que se habían quemado entre ellas antes de extinguir su luz, una perpetua capa se polvo sobre el piso y en las gavetas estaba guardada cualquier cosita brillante que les habría llamado la atención y de la cual nunca más tendrían recuerdo.
Uno de ellos trataba de recordar sin mayores resultados para qué se había levantado hacía cinco minutos, recordaba que había abandonado la silla pero no recordaba para qué. Otro se sobaba entre sí los dedos que la artritis había convertido en nudos de árboles secos, el tercero sostenía con la mano temblorosa su dentadura postiza para verificar si había residuos de comida entre los dientes. El último dormía con la cabeza dislocada hacia la derecha y por el borde de su boca se chorreaba un hilo de saliva que caía sobre su pecho empapándole la camisa.
Allí estaban los cuatro, arrugados y elásticos, marionetas del olvido, llenos de várices dolorosas en sus piernas, cubiertos de canas los que tenían cabellos, mal olientes, temblorosos, con los ojos casi ciegos, con nada más que pasado, ahogándose entre ellos mismos. El que no recordaba para qué había dejado su asiento, la próxima vez que lo hiciera podría no regresar a él, el que se sobaba las manos podría dejar de utilizarlas en cualquier momento, el de la dentadura ya no tendría que revisar sus dientes, podría hoy o mañana ya no comer.
Entonces, una voz femenina llamó del fondo:
-¡Ya vengan a almorzar!
Los cuatro niños abandonaron entonces su juego de ser ancianos, se levantaron de las sillas con su común hiperactividad muerta y sin sonrisas. El juego de los últimos días de sus vidas había sido demasiado serio para ser sólo un juego.
El cuarto oscuro, lleno de flores secas por falta de agua, cremas destapadas, envases vacíos de perfumes, fotos en blanco y negro que el tiempo había tornado amarillentas adornaban las paredes, la ropa última moda de hacía cincuenta años amontonada y revuelta sobre las sillas, en la mesita del centro de la sala habían frascos de medicamentos, algunos vacíos, otros llenos, otros medio llenos. El cenicero que parecía una fosa común de colillas de cigarrillos que se habían quemado entre ellas antes de extinguir su luz, una perpetua capa se polvo sobre el piso y en las gavetas estaba guardada cualquier cosita brillante que les habría llamado la atención y de la cual nunca más tendrían recuerdo.
Uno de ellos trataba de recordar sin mayores resultados para qué se había levantado hacía cinco minutos, recordaba que había abandonado la silla pero no recordaba para qué. Otro se sobaba entre sí los dedos que la artritis había convertido en nudos de árboles secos, el tercero sostenía con la mano temblorosa su dentadura postiza para verificar si había residuos de comida entre los dientes. El último dormía con la cabeza dislocada hacia la derecha y por el borde de su boca se chorreaba un hilo de saliva que caía sobre su pecho empapándole la camisa.

Allí estaban los cuatro, arrugados y elásticos, marionetas del olvido, llenos de várices dolorosas en sus piernas, cubiertos de canas los que tenían cabellos, mal olientes, temblorosos, con los ojos casi ciegos, con nada más que pasado, ahogándose entre ellos mismos. El que no recordaba para qué había dejado su asiento, la próxima vez que lo hiciera podría no regresar a él, el que se sobaba las manos podría dejar de utilizarlas en cualquier momento, el de la dentadura ya no tendría que revisar sus dientes, podría hoy o mañana ya no comer.
Entonces, una voz femenina llamó del fondo:
-¡Ya vengan a almorzar!
Los cuatro niños abandonaron entonces su juego de ser ancianos, se levantaron de las sillas con su común hiperactividad muerta y sin sonrisas. El juego de los últimos días de sus vidas había sido demasiado serio para ser sólo un juego.
1 comentarios:
esos viejos niños están tan cansados, tan enojados, pero aunque están así de cansados se van a fumar otro cigarro y van a maldecir a Sir Walter Raleigh por haber sido tan estúpido jaja...
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